Los otros discos del 71 (Parte 2) By Juanjo Frontera

Los otros discos del 71 (Parte 2)

By Juanjo Frontera

Continuamos incansables con nuestro empeño de aportar una pequeña lista de discos de 1971, que se sume a las innumerables de este 2021 que celebran las cinco décadas que contemplan dichas obras señalando una veintena de trabajos de diverso corte y procedencia que por lo que sea no suelen ser los más cacareados en dichos compendios y sin embargo, merecen también su atención. Nos erigimos por tanto en amigos de los desheredados. Hace unas semanas os presentábamos la primera parte de esta lista, que contenía discos de soul, pop, mpg, blues o psicodelia de la más diversa procedencia geográfica. No nos quedamos cortos en esta segunda y última tanda que completa nuestro particular countdown y que contiene además una pequeña propina de carácter emocional para el que esto suscribe. Pasen y lean…

Y ya saben, para disfrutar de los discos es tan fácil como clicar en la imagen de sus portadas.

La voz de Sandy era prodigiosa. Un portento. Por ello, al margen de su extraordinaria contribución a la legendaria banda Fairport Convention o a su breve pero intensa trayectoria con Fotheringay, merecía un disco en solitario. Esto al fin ocurrió en el 71 con este magnífico debut, en el que al fin pudo demostrar su extraordinario talento como compositora. Excepto las versiones de “Down in the flood”, de Dylan, “Let ‘s jump the broomstick”, originalmente un éxito en la voz de Brenda Lee y la tradicional “Blackwaterside”, las restantes ocho canciones salieron de su mano. La apertura con “Late november”, canción inspirada por la muerte prematura por accidente de su compañero en Fairport Martin Lamble es sobrecogedora. Los arreglos y el groove de la banda (que incluía a sus ex-compañeros Richard Thompson y Gerry Conway) son espectaculares. El disco tiene una ambientación como de taberna y un halo de nocturnidad sobre el que sobrevuelan canciones de suave melancolía como “The sea captain”, “John the gun” o la sobrecogedora pieza titular. Sandy era un tesoro en sí misma. Y está enterrado aquí.

Uno de los discos más bonitos que alguien pueda comprar en vinilo. Toda una pieza de arte en cuestiones de carpeta. Pero eso no es más que el envoltorio. Lo que encontramos en sus surcos es incluso superior. Tudor Lodge fue una banda de corta vida, al menos en su formación original, que es la que grabó su único disco oficial. Encuadrables en la escena del british folk, el dúo formado por John Stannard y Roger Stevens empezó trabajándose el circuito de clubes de Reading, para pronto pasar a Londres. Allí se les uniría una americana, Ann Steuart, que contribuía con voz y flauta. Consiguieron un contrato con la disquera Vértigo y grabaron esta ópera prima espectacular, que contiene unas canciones que dejan entrever en su sonoridad folk un gran ánimo pop que las hace tremendamente especiales. De instrumentación aparentemente sencilla, pero con el arma secreta de las perfectas armonías vocales del trío, su sonido podría calificarse de algo así como celestial, con unas melodías perfectas que calan hondo, como en el caso de las inmensas “Nobody’s listening”, “The lady is changing home” o la casi psicodélica “Willow tree”. Todas ellas integran un disco que fue una verdadera rara avis dentro de su contexto y que desgraciadamente se hundió en el anonimato más absoluto. Durante años las pocas copias existentes del original se encontraban difícilmente y a precio exorbitante, hoy en día ha sido reeditado (Akarma), pero sigue sin ser demasiado fácil de encontrar.

No confundir, claro, con la banda indie ochentera. Felt eran, para empezar, americanos, aunque a decir verdad -y a pesar de que participaban en parte del ánimo hard rockero y blusero generalizado en la era inmediatamente post-hippie- tenían un ramalazo británico importante. No hay más que escuchar la joya que abre este LP, puro Lennon de la era psicodélica. “Look at the sun” es una de esas aperturas que hacen que el oyente no separe su atención de lo que tiene que decir un álbum. Una preciosidad que, sin embargo, no prepara para la variedad estilística que se va a ir encontrando a través de las canciones. Las tonalidades jazzísticas de la maravillosa “Now she ‘s gone” lo dejan bien claro antes de adentrarnos en el blues con la profunda “Weepin’ mama blues”, con ciertas tonalidades que recuerdan de nuevo, no obstante, a los Beatles. Pero eso no es todo, la crudeza de “Word” nos sitúa plenamente en el contexto rock de su tiempo, a la vez que la extensa “The change” es todo un viaje psicodélico. Una joya progresiva de alta intensidad cuyos efectos rematan con el excelso final que propina “Destination”, pieza que también juega a mezclar jazz y rock, con excelentes resultados. Un disco soberbio de una desconocida banda de Alabama que quién sabe por qué no volvió a grabar nada nunca más, despareciendo sin dejar más rastro que este pequeño diamante.

Una portada inenarrable, lo sé. Pero es que el viejo Jerry Williams Jr., alias Swamp Dogg, es de todo menos convencional. Dueño de una carrera especialmente prolífica, además de componer y producir para otras (Irma Thomas, Doris Duke…), ha ido sembrando el camino de discos en solitario en los que vierte toda su maestría. Y también su mala baba. El segundo de estos discos llegaría tras el magistral Total Destruction To Your Mind, que ya daba muestras claras de que el hombre no se andaba con chiquitas. Sus críticas al establishment y sobre todo, al constante pisoteo de derechos a la raza negra en su país, eran feroces, deslenguadas y suicidas comercialmente. De entrada, en este disco pensó que sería una excelente idea presentar a un hombre negro triunfal en la cima de algo, aunque fuera sobre una rata (blanca, eso sí). Las canciones no iban a la zaga. Soul sureño profundo, grabado nada menos que en Muscle Shoals de Alabama y cantado por su voz de barítono, que a veces hasta recuerda a la del primer Van Morrison. Con “God bless America (for what)”, se metió en líos al toquetear de tal forma el himno de Irving Berlin. También le daba un giro al “Gotta take a message to you” de Bee Gees o a “She even woke me up to say goodbye” (Mickey Newbury), pero es con su propio material con el que da el cante: amargos lamentos sentimentales (“That ain’t my wife”) o reivindicaciones sociales sin pelos en la lengua (“Remember I said tomorrow”), que aún dejaban espacio para algo de fiesta (la final “Doing it together”) y que no sirvieron más que para que Elektra, su compañía de discos, le diera la patada por su falta de comercialidad. Y es que a él le daba (y le da) completamente igual el mercado. Hacía lo que tenía que hacer. Y punto.

Nunca me cansaré de reivindicar al bueno de Tim. Tiene tantas canciones magníficas, tantos discos enormes, que podría estar escuchándolo sin parar un año entero. Si además el que nos ocupa, su segundo disco en solitario, es probablemente su obra maestra, entenderá el lector por qué debe estar en esta lista. La música brasileña (y sobre todo el soul brasileño) es un gran desconocido que merece mucho la pena que sea descubierto. Y Maia es tanto su principal instigador, como uno de sus vértices. En este disco, de nuevo titulado Tim Maia (algo constante en su discografía, pues nuestro amigo pasaba olímpicamente de poner títulos a sus elepés), encontramos dos bombazos del tamaño de “Nao quero dinheiro (so quero amar)” y “I don’t know what to do with myself”, dos himnos imperecederos de su autor. Sólo por eso ya merece un puesto de honor en la historia de la música de su país (y del universo) pero es que todo lo demás contiene la esencia de todo aquello por lo que Tim Maia es importante. La mezcla de la música negra americana y la de Brasil, una mezcla poderosísima de raíces que a él le salía de forma natural y acababa en canciones tan infinitas como “Salve nossa senhora”, “Não vou ficar” (una de las canciones que más popular le hizo como compositor gracias a la versión de Roberto Carlos), “Um dia eu chego lá”, “Broken heart” o la preciosa balada “Preciso aprender a ser so”. Una de las varias obras maestras que alumbró este portento que pide a gritos que cualquiera con gusto y curiosidad se zambulla en su música.

La de Buddy Miles siempre se me ha antojado como una de las figuras más infravaloradas de la historia del pop, no sólo de la música negra. Al margen de que formara parte de The Electric Flag o acompañara a Jimi Hendrix en The Band Of Gypsies o grabara con Santana, su carrera en solitario, tanto al frente de la Buddy Miles Express, como de la Buddy Miles Band, es apabullante. Discos como Them Changes merecen un puesto en el cuadro de honor de la historia del rock and roll y el soul, pero el resto no van precisamente a la zaga. Por ejemplo, este magnífico A Message To The People, de espectacular portada desplegable a cargo de Abdul Mati, es un portento a la hora de mezclar soul, jazz, rock y sonidos ácidos acordes con el hippismo ya agonizante y que él había vivido tan de cerca. Como batería y líder de banda, no tenía mucho parangón, pero su voz era también poderosa y tanto sus originales, como las canciones que le cedían (aquí hay un par de Gregg Allman), o las versiones que escogía (“Wholesale love”, de Otis) dan espectacular muestra de su talento. Mención especial para el tributo instrumental al gran Joe Tex que abre el disco, la incendiaria “The segment” o la final “That’s the way life is”, todas ellas de su autoría.

La grabación y tardía edición de Odessey And Oracle (1968), como todo el mundo sabe, supuso la debacle de The Zombies, pero la historia no acabó ahí. Tras la desbandada, su vocalista, Colin Blunstone, se dedicó una temporada a los seguros, pero tras el éxito de “Time of the season” en 1969, cuando la banda ya estaba separada, volvió a probar suerte bajo el sobrenombre de Neil McCarthur con una revisión del clásico de su banda “She’s not there”, que fue un éxito, lo cual animó a que tras otro par de singles con ese apodo obtuviera un contrato con la marca Epic para sacar un disco a su nombre. Curiosamente, los que también habían sido contratados como productores del sello eran sus antiguos compañeros Rod Argent y Chris White, que se pusieron manos a la obra para hacer de One Year, el primer disco en solitario de su colega, la obra destinada a continuar la evolución a partir de la obra maestra de The Zombies. De naturaleza mucho más barroca, si cabe, que Odessey And Oracle y de tono, además, bastante tendente a la melancolía, el disco es una verdadera obra maestra que logra equilibrar piezas manieristas y orquestadas con otras más pop, como la recreación de la vieja pieza zombie “She loves the way they love her” o la maravilla original de Blunstone “Caroline goodbye”.

Durante un pequeño período de tiempo, Inglaterra tuvo su propio Neil Young. Miembro original de The Fairport Convention, a los que abandonó para formar su propia banda, Mathews Southern Comfort, Ian Mathews era un enamorado de la música folk, pero más de la americana que de la inglesa, al contrario que pasaba con la mayoría de sus congéneres. Su forma de entender esto, no obstante, se veía adornada con el manierismo habitual de los brits. Sus canciones sonaban con ambientación country, pero también con un halo pop que su voz sedosa se encargaba de endulzar al máximo. De esta forma lograba fabricar unas canciones sencillamente inmensas, que en este su primer disco en solitario (el primero de los dos que haría para Vértigo), resplandecen especialmente. Producido por él mismo y con la ayuda en las sesiones de su ex-compañero en Fairport Richard Thompson y con otra de las protagonistas de esta lista, Sandy Denny, el álbum es una delicada oda al intimismo hecho letra y música. Canciones como el single “Hearts”, una auténtica pieza de orfebre, o la epopeya “Morgan the pirate”, lo dicen todo de un creador que siempre ha merecido, pese a la buena reputación que tiene, mucha más atención de la recibida.

Pensar en lo que podría haber llegado a ser James Ramey, músico de Indiana afincado en Chicago al que todos conocían como Baby Huey, da hasta vértigo. Pero para cuando le descubrieron Curtis Mayfield y su arreglista en Curtom Records, Donny Hathaway, ya era un caso perdido. Su aguzada adicción a la heroína y al alcohol hacía mala combinación con su peso de 180 kilos y, por tanto, su corazón le explotó en mil pedazos con tan sólo 26 años, antes de que pudiera ver editado este disco que produjo el mismísimo Mayfield. Un disco sin duda a medio camino con respecto lo que habría sido si el artista hubiera llegado a completar las sesiones de estudio previstas, pero verdaderamente representativo del poderío que esta fuerza de la naturaleza desplegaba en vivo junto a sus Babysitters, una banda con la que llegó a tocar incluso en Europa, generando tanto asombro que llegaron a aparecer en la revista Vogue. Su rotunda presencia, su pelo afro, sus túnicas de inspiración africana, su halo psicodélico y las afiladas rimas que desplegaba en escena, sin duda precursoras de lo que después traería el hip hop, le granjearon una fama de next big thing que aquí podemos vislumbrar, pero no tocar. No obstante, este disco póstumo que le califica de “leyenda viva” es una excelente -realmente excelente- ración de soul tal como debe ser: sudoroso, urgente, sensual, atómico. Los nueve minutos de su versión del “A change is gonna come” de Sam Cooke lo dejan bien claro, así como los temas que Curtis le cedió. A destacar ese “Hard times”, recuperado constantemente por dj ‘s de todo el mundo y rastreable en mil samples. Uno de esos discos que deberían haber definido una época, pero la mala suerte hundió en el olvido, hasta que el habitual diggin’ asociable a la cultura del rap, lo rescató para otorgarle un merecido podio entre los mayores visionarios del invento. Un álbum sencillamente atómico. No se lo pierdan.

No podíamos coronar la lista de otra manera. Por algo nuestro programa se llama “Caramelo de limón. Y es que cuando esos acordes envolventes, marcianos y lisérgicos, empiezan a sonar, el sol calienta más que nunca. Y para cuando las voces de Carmen y Gloria se entrelazan, el hechizo ya está completo. Nada volverá a ser igual. Su poder lo inunda todo, lo puede todo. Y no sólo pasa con esa canción, todo el álbum que la contiene, el primero que Carmen Santonja y Gloria Van Aersen hicieron juntas como Vainica Doble, es de otra galaxia. Una galaxia de brujas, caramelos, tarros de mermelada, bordados a mano y una España idealizada a base de personajes imposibles que salían de una imaginación portentosa, absolutamente ajena a todo contexto o tendencia. Ellas eran y serán por siempre únicas. Lo demostraron en un debut impresionante que llegaba tras años de intentar llevar las peregrinas ocurrencias que iban llevando al formato canción más allá del cuarto en que las componían. Su paso por Columbia se cifra con disgustos y el sensacional single “La bruja/Un metro cuadrado” para la posteridad, pero es en el sello fletado por Manolo Díaz, Ópalo, donde consiguen al fin su propósito de llevar todo esto a un LP. Su debut homónimo se abre con “Refranes”, pizpireta colección de ingenios marca de la casa con la que el oyente ya empieza a caer en la inhabitualidad de lo que escucha, pero es con la llegada de “Caramelo de limón”, segunda en la lista, cuando estalla la bomba. ¿Qué es esto? ¿Psicodelia, pop, canción de autor, marcianada, todo eso junto? Nadie lo sabe, porque su música es indefinible. Es Vainica Doble y nada más, algo que el resto del disco termina de certificar. “Dime Félix” y sus aires gregorianos, la versión aflamencada del rock de los Stones que propone “Quién le pone el cascabel al gato”, el desarmante costumbrismo de “Mariluz”, la conexión de Laurel Canyon y la aristocracia madrileña que propone “Roberto querido” o, sobre todo, la infinita tristeza que despierta “Fulgencio Pimentel”, de efecto absolutamente devastador, todas dejan claro que esto es una obra maestra sólo comparable a lo más grande que haya ocurrido a nivel musical en los últimos cincuenta años. Pero ocurren tres cosas: se hizo en España, por dos mujeres y su contenido estaba a años luz del nivel general de entendimiento musical. Digo estaba, pero ni siquiera hoy se las ha llegado a entender por completo. Son un género en sí mismas, una rara avis que llegó para iluminar el mundo y sólo lo consiguió con unos cuantos especímenes tan inhabituales como ellas. Raro o rara es quien haya sucumbido a su hechizo y no haya hecho algo interesante artísticamente hablando. Pocas cosas son más inspiradoras, si se es una persona curiosa y abierta, que la música, letra y arreglos, que estas dos mujeres pusieron aquí y en el resto de discos, singles y canciones que dejaron para la posteridad. Son un tesoro. Y el número uno de esta lista de “descartes” del 71 por derecho propio. Tenían que serlo.

… y una propina sentimental:

Future Games es mi disco favorito de Fleetwood Mac. Una debilidad, uno de mis discos fetiche. Vamos, que le tengo un cariño especial, sea o no el más relevante de la banda. Y no es que no me gusten Then Play On, Rumours o Tusk. Me gustan. Y mucho. Lo que pasa es que hay determinados discos que contienen algo que hace “click” en nuestro cerebro. Algo que conecta con nosotros de forma especial. En mi caso, con este disco ese “click” tiene un nombre: Danny Kirwan. El que fuera primero segundo guitarrista de Peter Green y después encargado de tomar las riendas cuando éste abandonó el barco que él había fletado. Un tipo dotado de un talento especial no sólo para las seis cuerdas, sino también para componer canciones de una sensibilidad especial. En Future Games no es que todo lo haga él, ni mucho menos, pero sí que su personalidad se despliega de tal forma a través de sus surcos, que los inunda. Future Games llega, como segundo disco de la banda sin Peter Green, con el cambio del guitarrista Jeremy Spencer por el mucho más melódico Bob Welch. De esta forma, tanto Kirwan, como una Christine McVie que empezaba a tomar las riendas de su gran talento como compositora, se sienten más respaldados en un viraje del sonido del combo hacia el pop y el folk muy acorde con lo que se hacía en la California de la época y que acabaría desembocando en el mega éxito que los Fleetwoods alcanzarían con su formación más célebre. No obstante, este álbum, aunque quizá no el más perfecto de su discografía, describe claramente ese camino hacia la melodía infinita que ya no tendría retorno. Kirwan tiene la batuta de la autoría, con tres canciones inmensas: la inaugural “Woman of 1000 years” es una pieza espectacular, con una atmósfera especial, que inunda todo de luz. Son ya una banda diferente, no hay duda. También son suyas la superlativa y progresiva “Sands of time” y “Sometimes”, preciosa pieza folk-rock. Christine McVie tampoco se queda corta, aporta la más rítmica “Morning rain” y el cierre de lujo con la enigmática y preciosa “Show me a smile” y Welch se estrena aquí con “Lay it all down”, la más rockera del lote, y sobre todo con la canción titular, quizá la obra maestra del conjunto, otra pieza progresiva a medio tiempo, de ascendencia psicodélica y en la que todos se emplean a fondo. Y es que quizá, aunque nosotros hayamos puesto el acento en Kirwan, este sea el disco en el que Fleetwood Mac más funcionaron como banda compacta, más allá de individualidades y egos. Lo demuestran en la instrumental que componen los cinco, otra pieza rockera llamada “What a shame”, que no puede compararse a la alta calidad de algunas de sus compañeras, pero aporta colorido a un conjunto sin duda superlativo, que no suele citarse ni como cima de la banda, ni como obra trascendente en general, pero al que aquí hemos querido otorgar relevancia, un poco a modo de homenaje al ya desaparecido (de forma dramática, además) Danny Kirwan, uno de los grandes perdedores del rock, del cual, por cierto, os aconsejamos también la escucha de su primer disco, Second Chapter, obra tan capital como desconocida. Un poco como él mismo.