Los otros discos del 71 (Parte 1) By Juanjo Frontera

Los otros discos del 71 (Parte 1) By Juanjo Frontera

Del año 1971 se ha hablado ya tanto últimamente que da hasta miedo hacer cualquier tipo de comentario. Junto a una serie documental de Apple TV que repasa los hechos musicales y sociales que lo convierten en trascendente, han proliferado de una manera portentosa listas y análisis por parte tanto de prensa musical como de aficionados, podcasters, bloggers, youtubers… Las redes echan humo, vamos.

Pero lo que nosotros echamos a faltar es cierta variedad en lo que se comenta. Por algún motivo, los hechos musicales que se reivindican son siempre los mismos. Hay una especie de lista de álbumes “oficial” que es la que siempre aparece. Por supuesto, porque los discos de Marvin Gaye, The Who, David Bowie o Led Zeppelin que aparecieron aquél año son absolutamente incontestables. Pero ¿qué tal si proponemos una lista alternativa a todos esos mastodontes? ¿No sería interesante que nos hablaran de algo que no hemos oído mil veces? ¿Qué tal una pequeña lista de exquisiteces que casi nunca aparecen en todos esos compendios?

Eso, amigas y amigos, es lo que vamos a intentar proporcionarles en las dos partes de este artículo hecho con todo el cariño y amor por la música que somos capaces de albergar tanto en nuestro corazón, como en nuestro tocadiscos.

Para escuchar cada disco tan sólo clica en la imagen de su portada.

Lo crean o no, quienes están detrás del nombre Halfnelson son los hermanos Mäel, Ron y Russel, que después serían conocidos mundialmente como Sparks. Este es su debut discográfico, cuando aún eran una banda de cinco miembros y permanecían en América, antes de dar el salto a Gran Bretaña y hacerse famosos en la era glam. El disco es una maravilla. Da buena muestra del talento de los Mäel y sobre todo, se adelanta enormemente a su tiempo, mostrando una paleta de sonidos que no escucharemos hasta años después con la llegada de la New Wave o incluso el Synth Pop. Golosinas futuristas como “Fa la fa lee” o “Fletcher honorama” así lo atestiguan. Y uno no puede más que asombrarse por el hecho de que perfectas piezas pop como “Wonder girl” o “(No more) Mr. Nice Guys”, no tuvieron éxito. De hecho, esa fue la circunstancia que hizo que su sello, Bearsville, les forzara a cambiar el nombre por el de Sparks. Bajo este nombre, el disco sería reeditado el año siguiente, pero ni por esas. Los hermanos tuvieron que cruzar el charco y dejar pasar el tiempo y las modas para obtener algo de reconocimiento. Un reconocimiento, por otro lado, que nunca les ha hecho del todo justicia. Y en eso este álbum de debut es el gran damnificado. Es una de las mejores piezas de su discografía y sin duda un disco a tener muy en cuenta en el año 71 y sin embargo, permanece ignorado por afición y crítica. Algo realmente vergonzoso.

Ni Cohen, ni Brassens, ni Monllor. De André era un género en sí mismo y alejado, por tanto, de todos estos cantautores a los que en algún momento se podía asemejar. Lo demostró en una impecable discografía de la cual este Non Al Denaro, Non All’Amore, Ne Al Cielo, es la pieza vertebral. Basado íntegramente en un viejo poemario del americano Edgar Lee Masters, el disco se divide temáticamente en dos partes: la envidia (cara A) y la ciencia (cara B), para mostrarnos una galería de personajes inverosímiles, cada uno con una intensa historia que contar. Musicalmente es un disco absolutamente magistral, en el que colabora lo más granado de la escena italiana de entonces. Arreglos suntuosos que no por ello enmarañan la esencia de los temas, todos ellos presididos por la peculiar y jactanciosa voz de Fabrizio, que brilla aquí especialmente. Sin duda uno de los discos más importantes jamás publicados en Italia y un artista genuino e irrepetible, que aquí firmó una de sus obras maestras.

Aunque tremendamente desconocido e ignorado, Vernon “Geater” Davis fue, sin embargo, uno de los grandes vocalistas de una generación, que contribuyó a sentar las bases de lo que hoy se conoce como soul. Paradójicamente, tan sólo vio publicados dos discos. Sweet Woman’s Love, en 1971 y otro en 1983, antes de morir prematuramente de un ataque al corazón. En todo caso, su debut permanece entre los entendidos como una pieza fundamental del southern soul. En él el tejano vertía toda su maestría, la cual asoma ya en todo su esplendor en la inicial “My love is so strong for you”, uno de esos temas poderosos que únicamente pueden alumbrar los más dotados. Aunque esta canción tiene un tempo bailable, el fuerte de Geater era la profundidad. Está considerado, no en vano, un verdadero referente en aquello que Dave Godin dio en llamar deep soul. Canciones como “I can hold my own” o el “Cry cry cry” de su buen amigo Bobby “Blue” Bland, se convierten en monumentos en sus manos, pero es en la despedida del álbum con la canción titular, su único éxito realmente considerable, donde alcanza el cielo.

Aunque todo un pionero de la bossa nova, el natural de Rio Marcos Valle podemos decir que es la cara más pop de la MPB. La prueba de ello es este disco absolutamente magistral (superado en su discografía únicamente por Previsao Do Tempo, de 1973). Garra es una obra que, sin dejar de sonar a Brasil por los cuatro costados, se deja inundar por influencias de pop barroco procedentes de la música anglosajona. Se escucha claramente en el monumental comienzo del álbum, ese “Jesus meu rei”, supuestamente dedicado a criticar al régimen militar que por entonces asolaba su país. Es una pieza espectacular, con unas orquestaciones y coros tremendamente sofisticados que adornan una melodía sencilla que acaba alcanzando el infinito cuando acaba el minutaje. Es sólo el principio. El resto del disco está repleto de clásicos de puño y letra de uno de los mejores compositores de una tierra ya repleta de excelentes creadores. No obstante, Valle es destacable como uno de los más innovadores y de los que más y mejor ha sabido evolucionar llegando hasta nuestros días, en que continúa publicando trabajos magníficos. La llegada de Garra supuso un momento de inflexión en su obra y una tremenda influencia para el pop hecho en su país. Por supuesto, dada la hegemonía de lo anglosajón y el cierre de fronteras de Brasil, fue difícil que su influencia se extendiera a otros países, pero el tiempo lo ha ido colocando justificadamente como la obra capital que es, una de las mejores de su año.

Es curioso cómo, aunque uno se crea que se ha preocupado de escuchar casi todo lo importante, el tiempo le desentierra tesoros que vienen a demostrar que nunca se sabe bastante ¿Pensaban que Badfinger era una banda inigualable en Gran Bretaña a la hora de casar melodías pop y guitarras en los años setenta? Esperen a escuchar a Shape Of The Rain, una banda de Derbyshire que tuvo incluso peor suerte que los de Pete Ham. La típica banda de pub que, al contrario de casi todas las de esa especie, trabajaba un material propio absolutamente delicioso, capaz de aunar las mejores melodías de Beatles, Hollies o Byrds, con guitarrazos despampanantes. Su único disco, este Riley, Riley, Wood and Wagget, ni llegó en un momento propicio, ni se le esperaba. Era justo lo contrario de la imperante tendencia al rock progresivo de su país y así fue tratado por la subsidiaria de RCA que lo sacó al mercado. Quedó en anécdota, en objeto rápidamente colocado en cajón de saldo, cuando realmente podía considerarse pionero de muchas cosas, gracias a canciones monumentales como “Woman” o “Wasting my time” o “Willowing trees”. No hace mucho el sello Cherry Red les hizo justicia reeditando el álbum y una jugosa caja de tres cedés con todo lo que grabaron. Así que no se pierdan esta joya, hagan el favor.

Con un sonido salvaje, descarnado y tremendamente excitante, el debut de Hound Dog Taylor para el a la postre mítico sello Alligator es una bomba de relojería. De hecho, el sello de Chicago básicamente se fundó con los ahorros de su dueño, Bruce Iglauer, para poder publicar este disco. No hizo mal, a la vista (y al oído, sobre todo) está. La colección de originales -excepto tres versiones de Elmore James- que lo componen es verdaderamente apabullante, sobre todo por la crudeza y la autenticidad de su ejecución. Uno puede realmente sentir el olor del club de peor fama del downtown, el humo flotando y este tipo de Mississippi tocando como si le fuera la vida en ello. Pocos discos de blues consiguen captar tan fielmente el espíritu de una música que es precisamente eso, emoción a flor de piel que, o se contempla en directo, o es muy difícil de experimentar. Por eso este es uno de esos discos que, si alguien quiere meterse en materia, son ideales para sumergirse de lleno en esta música a veces tan inalcanzable para el público blanco educado en el rock.

La figura del pastor de Chicago T.L. Barrett saltó a la palestra gracias, como ocurre muchas veces, al sampler de una de sus canciones incluido en un single de éxito de Hip Hop, en este caso del siempre polémico Kanye West. A raíz de ello hemos conocido a un personaje con luces y sombras. Un tipo realmente influyente en su comunidad, respetado por algunos artistas de renombre, que se las apañó para organizar una estafa piramidal que sufrieron sus no pocos feligreses. Estuvo a punto de ir a la cárcel, pero pagó una importante indemnización y se logró redimir. Musicalmente, la cosa es diferente. Los varios discos de gospel que vio editados durante los setenta son piezas impresionantes de un género poco explorado, en general, por el público del rock o el soul. Sin embargo, son impresionantes joyas que prenden de inmediato algo en el corazón. Difícil no encontrar cierta espiritualidad en uno mismo, aunque no se crea en nada, al escuchar barbaridades como “Like a ship” o “Nobody knows”, dentro de un conjunto impresionante que da forma a este debut discográfico para el que el pastor contó además con un elenco de músicos escogidos entre lo mejor de su ciudad, que tratándose de Chicago ya es decir. Los arreglos y el tratamiento del coro son espectaculares, estremecen de una manera muy poco frecuente. Y las canciones son capaces de trascender su género para dejar alucinado a cualquiera que las escuche. No dejen de hacerlo, pues.

La importancia del sello californiano Black Jazz, puesto en funcionamiento por Gene Rusell y Dick Schory a finales de los sesenta, es indiscutible. Iniciando su andadura precisamente en 1971 con la edición de una serie de álbumes impresionantes a cargo de un nutrido número de artistas jóvenes, tuvo un significado tanto en la reivindicación de poder racial y lucha por los derechos civiles, como a nivel renovador del jazz. Calvin Keys fue indiscutiblemente una de sus grandes bazas. Un guitarrista sublime, especializado en acompañar a organistas como Jimmy McGriff, Brother Jack McDuff o Richard “Groove” Holmes, su primer paso como líder de banda lo daba en este Shawn Neeq, uno de los primeros discos editados por Black Jazz, en que da una lección de maridaje entre funk, jazz y espiritualidad que confiere a su contenido un halo cósmico dentro de la brillantez absoluta de piezas como “B.E.” o la titular. Para ello, además, contó con una banda en la cual destaca el saxofonista/flautista Owen Marshall, con el que la guitarra establece espectaculares diálogos. Es un disco de una belleza fuera de órbita que precisamente ha sido rescatado no hace mucho, con gran repercusión, por el sello Real Gone Music. Todo un acto de justicia con un álbum colosal que puede considerarse de los más importantes de su género y época.

Esta súper banda fue el sueño de un genio visionario como fue Eddie Palmieri, para dar rienda suelta a un cóctel totalmente innovador de música afro-cubana, funk y jazz. Para ello contaba con la ayuda de su hermano Charlie y un puñado de los mejores músicos, extraídos tanto de la escena latina, como de la afroamericana (ahí está, por ejemplo, el mítico baterista Bernard “Pretty” Purdie). El disco resultante es una especie de evolución a partir del latin soul o bugalú, que además llegaba en el momento álgido de lucha por los derechos del maltrecho pueblo latino que poblaba algunas de las ciudades de Estados Unidos. El movimiento Young Lords surgía así de forma pareja al de Black Panthers y este disco pretendía tomarle el pulso a la situación y servir de banda sonora. Harlem River Drive es, al fin y al cabo, la carretera que los pijos de Manhattan usaban para no tener que pasar por Harlem y mezclarse con lo que ellos consideraban chusma. Este álbum hoy debería destacarse, ni más ni menos, a la altura de los de luminarias como Marvin Gaye o Curtis Mayfield, tal es el despliegue de aventura sonora que propone, magnificado en piezas tan rotundas como “Seeds of life” o “Idle hands”, clásicos tan imperecederos como irresistibles.

La historia de Honeybus, uno de los grandes secretos del pop del Reino Unido, merecería un libro para ser contada. Su mala suerte en el plano discográfico no impidió que quedara para el recuerdo una serie de canciones perfectas y que sus diversas, e igualmente infructuosas, ramificaciones en solitario tras la desbandada, tengan igual valor artístico y un encanto especial, que las convierte en un mundo aparte dentro de su género. Junto a otro disco del que hablaremos en el siguiente capítulo de esta lista (y que entonces desvelaremos), el de Colin Hare, que ni siquiera era el compositor más brillante de la agrupación original, merece ser resaltado. March Hare añade una marcada tendencia americana a la melodía habitual en Honeybus. De esta forma, temas tan country como “Get up the road” o “Cowboy Joe” se mezclan con piezas rock como “For where have you been”, perfectamente pop como “Alice” o tan íntimas como “Find me”, en un conjunto maravilloso que, una vez más, demostró que la mala suerte se cebaba con los miembros de esta banda. No tuvo ni la más mínima repercusión y tuvo que ser, precisamente, un sello español, Hanky Panky, el que lo rescatara para la posteridad hace ya algunos años. Difícil encontrar ahora una copia de la reedición, por cierto ¿Alguien se anima a reeditar de nuevo esta maravilla?